domingo, 8 de diciembre de 2013
Siempre fui una solitaria, pero nunca me gustó serlo, sabía que no estaban ahí por mí, yo era la aburrida, la distinta. Buscaba un refugio donde esconderme, algún cuarto o debajo de la mesa, ahí les inventaba historias a mis Barbies. Ya desde entonces se manifestaba mi atracción por lo trágico, por lo dramático, y lo expresaba en los cuentos que les hacía vivir a mis muñecas. Mi entretenimiento favorito era jugar al velorio: les revolvía el ropero a mis abuelos hasta encontrar una caja de zapatos (si no estaba vacía, tiraba lo que tenía adentro y la usaba igual) para poner dentro a la Barbie novia, que se había suicidado porque nadie la quería y la habían abandonado, la tapaba toda como si estuviera en un ataúd, cortaba flores y hojas del jardín para adornarle el cajón, y veía cómo su familia lloraba por ella. Recreaba lo que quería que me pasara a mí; siempre quise morir para ver quiénes me lloraban, sin duda tan pocos... Eso era lo que más me dolía.

